El declive de Francia

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El activismo catarí en Francia debería preocupar enormemente a quienes se preocupen por la estabilidad de las democracias europeas. Durante años, Qatar ha sido objeto de numerosas denuncias por su fundamentalismo islámico y su presunto apoyo a los Hermanos Musulmanes, Irán, el ISIS, elementos de Al Qaeda, Hamás, los talibanes y otros extremistas islámicos.

El emir de Qatar, Tamim ben Hamad al Zani, dio hace poco sólidas pruebas de que Francia es un escenario privilegiado para la proyección de su país, que desde hace más de un año sufre un severo boicot impuesto por sus vecinos del Golfo. En julio, el emir y el presidente francés, Emmanuel Macron, celebraron su tercera reunión en sólo unos meses. Francia y Qatar han cerrado contratos por valor de más de 12.000 millones de euros, lo que convierte a Qatar en el tercer mayor cliente francés en el Golfo, tras Arabia Saudí y Emiratos.

Cuando Emmanuel Macron fue elegido presidente de Francia en mayo de 2017, se le retrató como un reformista que iba a cambiarlo todo en Francia y más allá. Mientras ¿Huyen los judíos de Francia?

Catorce meses después, las ilusiones se han esfumado. Las reformas acometidas han sido básicamente cosméticas y no han logrado ralentizar el esclerótico declive de Francia. El crecimiento económico es de casi cero: un 0,2% en el segundo trimestre de 2018. El paro, que ronda el 8,9%, sigue siendo elevado. El gasto público francés respecto al PIB sigue siendo, con un 56,4%, el más alto de Europa. El país sigue viéndose paralizado por las huelgas de los transportes públicos. Siguen proliferando las zonas de exclusión, el propio Macron admitió hace poco su impotencia al pedir a la población una “movilización general”.

Los disturbios son frecuentes; los acontecimientos de masas suelen conducir a saqueos y actos pirómanos. La noche después de la victoria de la selección nacional francesa en la Copa del Mundial de fútbol, cientos de alborotadores mezclados entre las multitudes rompieron ventanas, destrozaron bancos y cajeros automáticos, destruyeron señalizaciones urbanas y prendieron fuego a coches.

Hace poco estalló un violento conflicto entre los residentes de Calais y los migrantes ilegales que viven en enormes campamentos periféricos que albergan a aproximadamente 6.000 migrantes–, a los que los periodistas llaman “la jungla de Calais”. El Gobierno ha prometido muchas veces que se hará cargo de la situación, pero no ha resuelto el problema. Mientras, Calais, con 75.000 habitantes, es una ciudad devastada: los precios de la vivienda se han desplomado, las tiendas y restaurantes han cerrado sus puertas y la gente se está yendo a vivir a otra parte.

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En mayo, algunos diputados publicaron un informe sobre la situación en el suburbio parisino de Seine Saint Denis. Según el informe, el 20% de la población de la zona lo componen personas de tipo similar al de la “jungla de Calais”; cientos de negocios están al borde de la bancarrota y la policía está demasiado asustada para hacer un trabajo eficaz.

La misma situación se da en otras partes del país. Han estallado disturbios recientes entre bandas musulmanas en Niza, la Riviera francesa y también cerca de Porte de La Chapelle, en París.

Los cambios demográficos en la población de Francia que empezaron hace varias décadas no se están atenuando. Hace unos meses, el economista Charles Gave utilizó datos estadísticos para demostrar que, si nada cambia, la población no musulmana de Francia será una minoría dentro de cuarenta años. Añadió: “Lo que pasó en España o Asia Menor en los siglos X y XI ocurrirá en Europa en el siglo XXI, es una certeza”.

Las encuestas muestran que, si se celebraran unas elecciones presidenciales ahora, ningún otro político francés podría reemplazar a Macron, aunque Macron obtuviera únicamente el 23,8% de los votos en la primera vuelta de las elecciones de 2017. La mayoría de los que le votaron en la segunda vuelta, al parecer, votaron más contra su rival que a favor de Macron. Nunca contó con el apoyo popular.

Los políticos que comparten la misma visión de Europa que Macron han sido, en los últimos meses, eliminados de la escena política o reducidos a posiciones inestables. Matteo Renzi, en Italia, sufrió una dura derrota en las elecciones de 2018. La canciller alemana, Angela Merkel, antes descrita como “la líder más poderosa de Europa”, sobrevive ahora en el cargo sólo porque accedió a tomar medidas para poner coto a más inmigración a Alemania.

Puede que Macron no caiga tan abruptamente como Renzi, pero su posición en este momento parece tan precaria como la de Merkel.

Los gobernantes que encarnan la resistencia al multiculturalismo posnacional, por otra parte, han empezado a ganar terreno. El presidente húngaro, Viktor Orbán, logró ser reelegido en abril y está cumpliendo actualmente su tercera legislatura consecutiva. Hizo campaña a favor de las raíces judeocristianas de Europa y la soberanía nacional y contra la inmigración musulmana. El nuevo canciller de Austria, Sebastian Kurz, tiene un programa similar al de Orbán. Los gobiernos polaco y checo también tienen posturas similares a las de Kurz y Orbán. Matteo Salvini, el líder de La Liga (un partido contrario a la inmigración masiva), es ahora ministro del Interior y vice primer ministro de Italia.

Macron reveló hace poco lo que piensa de los “populistas” como Orbán, Kurz y Salvini: “Una lepra en toda Europa”, y pidió a los europeos que “lucharan” contra ellos.

El Departamento de Justicia de Francia no es independiente del Gobierno; ningún juez intentará saber más. No tendrá lugar ninguna investigación a fondo y rigurosa. Los medios están fuertemente subvencionados por el Gobierno y no son más independientes que el Departamento de Justicia. Incluso los medios que no están financiados por el Estado se autocensuran en sus informaciones, porque están financiados por empresas que dependen de los contratos del Gobierno. Ningún periodista francés intentará descubrir nada.

En los años cincuenta, Francia era diferente a como es ahora. Era amiga de Israel. La causa palestina no existía. La guerra en Argelia se intensificaba y una gran mayoría de políticos franceses ni siquiera estrechaban la mano a terroristas no arrepentidos. Macron política expansionista francesa

Todo cambió con el fin de ese conflicto. Charles de Gaulle entregó Argelia a un movimiento terrorista llamado Frente de Liberación Nacional. Después procedió a elaborar una reorientación estratégica de su política exterior y dio a conocer lo que denominó “política árabe de Francia”.

El presidente francés, Emmanuel Macron, ha instado este lunes a la Unión Europea (UE) a “no poner su seguridad sólo en manos de Estados Unidos” y a asumir su responsabilidad en Defensa para garantizar su soberanía de forma autónoma. ¿Qué pensará Israel?.

Francia no se dio cuenta entonces, pero se metió en una trampa, y ahora la trampa se está cerrando. El disolvente fatal de la UE
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