Revuelta populista mundial

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La revuelta populista mundial que está desarbolando a los políticos convencionales en Estados Unidos, Europa e incluso Filipinas ha llegado a Irak. La mayoría de los occidentales que aún siguen la política iraquí asumieron que Dawa, el partido del actual primer ministro, Haider al Abadi, ganaría fácilmente las elecciones legislativas, pero no. Dawa quedó tercero. Sairún, el partido del incendiario clérigo Muqtada al Sader, fue el más votado.

La revuelta populista del 2016 puso a Donald Trump en la presidencia de Estados Unidos y empujó al Reino Unido afuera de la Unión Europea sigue poniendo en vilo al planeta. El presidente Trump decidió sacar a su país del Acuerdo de París que combate el cambio climático.

Desde la campaña electoral de, Trump desarrollo una campaña que bien podría decirse “populista” y había anunciado que, de llegar a la presidencia, daría una vuelta de tuerca a las políticas contra el calentamiento global de Barack Obama. Sin embargo, en los círculos políticos liberales, existía la esperanza de que el presidente repensara su posición. Al abandonar París, Trump les recuerda a las élites del mundo libre que su compromiso es solamente con los pocos que lo eligieron y no con los grandes retos del planeta. En un irónico tuit del presidente francés Emmanuel Macron claramente dirigido a Trump se leía lo siguiente: “Make our planet great again”.

Thibault Isabel Las clases medias tienden hoy a desaparecer en todas partes de los países occidentales. El desarrollo industrial y el refuerzo del capitalismo contribuyen a la instauración de una sociedad de dos marchas: los ricos continúan enriqueciéndose, mientras que las clases medias inferiores y el proletariado no dejan de empobrecerse. Los pequeños productores han desaparecido casi completamente, y han debido someterse, de mala gana, al principio del trabajo asalariado. Lasch estima, sin embargo, que su ideología habría sido, en parte, transmitida a la clase obrera –en Estados Unidos al menos, ya que según el autor esto funciona de forma completamente distinta en Europa. «La pequeña burguesía ya no tiene ningún peso socioeconómico, ahora que los artesanos, granjeros y otros pequeños propietarios, no constituyen ya una parte importante de la población; pero sus costumbres venerables y su característico código ético no subsisten en ninguna parte más vigorosamente que en el corazón del trabajador americano. La cultura y la manera de plantearse la política del obrero americano tienen poco que ver con las de su homólogo europeo. En muchos aspectos, sin embargo, se parecen a las del antiguo campesinado y la pequeña burguesía europea –a partir de las cuales la clase obrera americana fue constituida originalmente».

Algunos pregonan que el populismo es poco más que una reacción racista y xenófoba contra los inmigrantes y el multiculturalismo. Otros lo ven como una protesta contra las pérdidas de puestos de trabajo provocadas por el comercio mundial y las nuevas tecnologías. Sin embargo, si se ve solamente el fanatismo en la protesta populista, o si esa protesta se analiza sólo en términos económicos, se pierde de vista el hecho de que las agitaciones del año 2016 se debieron a la incapacidad de la clase política tradicional para abordar o incluso para reconocer de manera adecuada las quejas genuinas.

Antes de que puedan albergar alguna esperanza de recuperar el apoyo público, los partidos progresistas deben repensar su misión y propósito. Para ello deben aprender de la protesta populista que los ha desplazado: no deben emular su xenofobia y su estridente nacionalismo, sino que deben tomar en serio las quejas legítimas con las que se enmarañan estos sentimientos. Y eso significa reconocer que las quejas se refieren a la estima social, no sólo a los salarios y los empleos.

La dignidad del trabajo. La pérdida de puestos de trabajo debido a la tecnología y la subcontratación ha coincidido con la sensación de que la sociedad otorga menos respeto a las ocupaciones de la clase trabajadora. A medida que la actividad económica se ha desplazado de hacer cosas a la gestión del dinero, y se tienen gestores de fondos de cobertura y banqueros de Wall Street que reciben remuneraciones desmesuradas, la estima otorgada al trabajo, en su concepción tradicional, se torna frágil e incierta. Demócratas como Obama y Clinton tienen dificultades para entender la arrogancia que una meritocracia puede generar y la dura sentencia que dicha arrogancia dicta para aquellos que no tienen un título universitario. Esta es la razón por la que hoy en día una de las más profundas divisiones en la política estadounidense es aquella entre los que tienen y los que no tienen educación postsecundaria.

En un estudio minucioso del creciente respaldo a los partidos populistas en Europa, los politólogos Ronald Inglehart de la Universidad de Michigan y Pippa Norris de Harvard determinaron que la inseguridad económica frente a los cambios de la fuerza laboral en las sociedades post-industriales no incidía tanto como el contragolpe cultural. En otras palabras, el respaldo al populismo es una reacción de sectores alguna vez predominantes de la población ante cambios en los valores que amenazan su estatus. “La revolución silenciosa de los años 1970 parece haber engendrado hoy una reacción contrarrevolucionaria rabiosa y resentida”, concluyen Inglehart y Norris.

La antipatía hacia las elites puede estar causada por resentimientos económicos y culturales. El New York Times identificó un indicador importante de los distritos que se inclinan por Trump: una población de clase trabajadora mayoritariamente blanca cuya vida se ha visto afectada negativamente en las décadas en las que la economía estadounidense perdió capacidad industrial. Pero aunque no hubiera habido una globalización económica, el cambio cultural y demográfico habría creado cierto grado de populismo.

Europa puede ser un caso diferente debido a la mayor resistencia a la inmigración, pero sería un error atribuirle demasiada importancia a las tendencias de largo plazo en la opinión pública norteamericana a partir de la retórica encendida de la campaña electoral de este año . Si bien las perspectivas de nuevos acuerdos comerciales elaborados se han visto afectadas, la revolución de la información ha fortalecido las cadenas de suministro globales y, a diferencia de los años 1930 (o inclusive de los años 1980), no ha habido un regreso al proteccionismo.

En este marco general los movimientos y partidos populistas surgen y arraigan entre los ciudadanos que mantienen una actitud de rebeldía o rechazo a los valores, principios, normas e instituciones que definen y sustentan los diversos tipos de regímenes democráticos. Constituyen una respuesta individual y, al mismo tiempo, colectiva basada en elementos emocionales característicos de la personalidad o la identidad social, que se proyectan y justifican racionalmente a través del discurso y la acción política dirigidos contra el Estado y contra determinados grupos ciudadanos seleccionados a partir de sus rasgos diferenciales de ideología, status económico, religión, lengua, raza, sexo, etc. Por este motivo los movimientos y partidos populistas históricamente han seguido dos principios de legitimación y acción fácilmente reconocibles: a) el radical enfrentamiento entre la sociedad y el Estado, y b) la identificación entre la voluntad popular y las decisiones del partido populista, único intérprete legitimado para encarnarla.

Un rasgo definitorio de los populismos europeos es su abierto y descarado abuso de los principios, normas e instituciones que sustentan la democracia y el estado de derecho, para potenciar sus estrategias de asalto al poder e instauración de modelos autocráticos de gobierno. Ello puede resultar tanto más grave cuanto que a largo plazo puede terminar corrompiendo los propios fundamentos del Estado democrático y consolidando el clientelismo político, la arbitrariedad legal, la injusticia social, la desigualdad económica y la discriminación cultural.

Hay que ser conscientes de que la que se abre ahora en Italia es seguramente la batalla más crucial en la defensa de la Unión Europea como primera democracia supranacional y de los valores que encarna. Porque una vez que fracasaron en Austria, Holanda, Francia y Alemania, los populistas, los xenófobos, los racistas y los antieuropeos de esos países y de más allá (como los amigos de Trump) han volcado sus fuerzas y esperanzas en la Liga Norte y en el Movimiento 5 Estrellas.

No sería “demagógico” en absoluto pensar que Europa está quebrada ¿o el mundo en sí? ¿inducido? como ya muchos medios y evidencias pronostican el nuevo orden mundial, guerras, quiebras de las bolsas, próximas quiebras hipotecarías, subida de precios del petróleo, , transporte, energía, alimentos, nada es ajeno y todo tiene un fin.

 

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